Un todo terreno paró en la estación de servicio a la entrada de la
cántabra población de San Rafael del Monte; un pueblecito rodeado por un
pequeño y hermoso valle, a su vez rodeado por los montes y lindando con
la provincia de Burgos. Un empleado salió del interior dirigiéndose al
recién llegado.
—Buenos días ¿Cuánto le pongo?
—Con treinta euros será más que suficiente, posiblemente tarde en
volver a usar el coche ¿puede decirme por donde puedo ir al ambulatorio?
—¿Es usted el nuevo doctor?
—Sí, así es, me llamo Carlos, Carlos del olmo.
—Le están esperando; don Zacarías ya hace un mes que se Jubiló y don
Germán no se termina el trabajo. Mire usted, pase la iglesia y al llegar
a la segunda bocacalle tuerza a la derecha y la primera a la izquierda
es la paralela a la carretera.
—¿La carretera sigue por el centro del pueblo?
—No termina a la entrada y sigue la calle mayor, pero solemos llamarla la calle de la carretera.
Carlos subió al vehículo y se dirigió a la entrada del pueblo, a unos
escasos cien metros de la estación de servicio. Siguió las
explicaciones del empleado de la estación y no tardó mucho tiempo en ver
un edificio con la fachada blanca; sobre la puerta junto a una cruz
verde pintada en la pared había una placa donde se podía leer.
ASISTENCIA SANITARIA DE SAN RAFAEL DEL MONTE.
Carlos observó la pequeña plaza que había en la esquina a la
derecha, solo cuatro árboles y dos bancos, pero lo suficiente para
aparcar el coche a la sombra. Abandonó el vehículo en ella y se dirigió
al ambulatorio. Entró y se encontró en la sala de espera, una señora de
aparentemente unos cuarenta y cinco años estaba sentada tras una mesa
con la bata blanca. Carlos miró las dos personas sentadas frente a ella.
—Por favor señora ¿solo le quedan estos dos pacientes?
—Sí ¿Qué desea?
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