Es muy posible que la mayoría de los
curiosos acontecimientos que se relatan en estas páginas no hubieran
llegado a producirse jamás de no haberse atrevido una persona llamada
Trottle, contrariamente a su costumbre, a pensar por si mismo.
La cuestión por la que esa persona se arriesgó por primera vez en
su vida a formarse una opinión pura y enteramente personal había
despertado previamente y en grado sumo el interés de su respetada
señora. Por decirlo en lenguaje llano, la cuestión no era otra que el
misterio de la casa deshabitada.
Puesto que veía inconveniente alguno en apuntarse un tanto, si es
posible fuere, allí donde había fracasado el señor Jarber, un lunes por
la noche Trottle se dedicó a comprobar hasta dónde podía llegar él por
su propia cuenta en la resolución del misterio de la casa deshabitada.
Avisadamente desechó la absurda idea de perseguir historias de
inquilinos anteriores y, con un solo objetivo claro, se puso manos a la
obra por el camino más corto: dirigirse sin pérdida de tiempo a la casa y
ver quién era la primera persona que salía a abrirle la puerta.
Empezaba a oscurecer la tarde del lunes, día decimotercero del mes,
cuando Trottle pisó los escalones de la casa por vez primera. Llamó a
la puerta sin saber nada de lo que se disponía a investigar, excepto que
el propietario era un viudo anciano y acaudalado que se apellidaba
Forley. ¡Bien poca cosa, la verdad, para empezar!
Al golpear con la aldaba, lo primero que hizo fue mirar con cautela
por el rabillo del ojo derecho, a ver qué consecuencias, de haberlas,
se desencadenaban en la ventana de la cocina. Inmediatamente apareció
allí la silueta de una mujer, que miró inquisitivamente al desconocido
de los escalones, se alejó rápidamente de la venta y volvió con una
carta abierta en la mano, la cual levantó hacia la última luz del día;
tras echar una rápida ojeada al escrito, la mujer volvió a desaparecer.
Información texto 'El Informe de Trottle'