Estaba trabajando cuando mi criado me
anunció:
—Señor, es un hombre que quiere
hablar con el señor.
—Hágalo entrar.
De pronto vi a un hombrecillo que
saludaba. Tenía aspecto de un enclenque maestro con gafas,
cuyo cuerpo endeble no se adhería a ninguna parte de sus ropas
demasiado flojas.
Balbuceó:
—Le pido perdón, señor.
Se sentó y continuó:
—Dios mío, señor, estoy demasiado
turbado por las gestiones que emprendo. Pero era absolutamente
necesario que yo manifestara mis inquietudes a alguien, y no
había nadie más que usted... que usted... En fin, me he armado
de valor... pero verdaderamente... ya no me atrevo.
—Atrévase pues, Señor.
—Verá, Señor, es que, tan pronto como
empiece a hablar usted me tomará por un loco.
—Dios mío, señor, eso dependerá de lo
que vaya a contarme.
—Exactamente, señor, lo que voy a
decirle es raro. Pero le ruego que considere que no estoy
loco, precisamente por esto, yo mismo reconozco lo inusual de
mi confidencia.
—Y bien, señor, adelante.
—No señor, no estoy loco, pero tengo
ese aspecto propio de los hombres que han reflexionado más que
otros y que han franqueado un poco, bien poco, las barreras
del pensamiento medio. Piense pues, señor, que nadie piensa en
nada en este mundo. Cada uno se ocupa de sus asuntos, de su
fortuna, de sus placeres, de su vida, en una palabra, o de
pequeñas tonterías divertidas como el teatro, la pintura, la
música o la política, la más grande de las necedades, o de
cuestiones industriales. ¿Quién piensa? ¿Quién? ¡Nadie! ¡Oh!
¡Me acelero demasiado! Perdón. Vuelvo a mi asunto.
Información texto 'El Hombre de Marte'