I
Gloria se peinaba al espejo, sostenido en la pared contra el tajo de
la carne. Al otro extremo de la amplia galería, tirado en el canapé de
mimbres, aguardaba Rodrigo a su hermana con los cromos, para pegarlos en
las hojas nuevas del álbum que ya tenían orlas de platilla.
— ¡Gloria!
— ¿Qué?
— Que venga mi hermana.
Continuó la doncella pasando el peine de metal por los puñados de su
pelo rubio, sacudido y abierto en manojos ondulantes sobre los brazos
desnudos. La sofocaba el resol, filtrado en aquel ángulo desde un metro
de altura, por la inmensa lona que entoldaba el patio.
— ¡Gloria!
— ¿Qué?
— ¿No has oído?
— Menos genio, ¿entiendes?... Me dijo que esta siesta no podría venir
y me dió los cromos. Cógelos; aquí los tienes en el banco. — Pues tú
los traes, ¡hala!
— ¡Uaaá! — hizo Gloria, volviéndose y enseñándole la lengua.
¿De dónde habría sacado la señora estos dos hijos tan bobos? Muchas
noches se venían a la cocina a ver cómo pelaban patatas ella y la otra
compañera, Vicenta; y si no estaba también la vieja ama Charo, les
contaban ambas, por reírse, cuentos verdes... ¡por reírse al mirar la
cara de tonto de Rodrigo, que no entendía, y la cara de Petra... ¡que ya los iba entendiendo de más y se disgustaba algunos ratos... «porque decían aquellas cosas delante del niño»!
¡Bah, qué niño... que cogía en el canapé más que un gastador!
Le estaba viendo Gloria en el espejo, sin dejar de peinarse.
Pero volvió él a llamarla con imperio y se levantó al fin, sin
prisas, de más confiada en la bondad del muchachote, guapo como una niña
e inocentón hasta lo increíble, a pesar de sus trece años.
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