Recuerdos de la niñez
A mi distinguido amigo
DON FEDERICO SANTA MARÍA
en testimonio de alto aprecio y de cordial amistad.
Alberto Blest Gana
París, octubre de 1909.
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Aquel día, bien que no era fiesta, los dos chicuelos vestían el traje
de los domingos. Sentados a la mesa con estudiada compostura, sin hacer
gran caso de la conversación de las personas grandes que ocupaban la
testera, sus miradas se dirigían furtivas a las golosinas y a las frutas
distribuidas en cestas y azafates sobre el mantel, con aire de
extraordinario gaudeamus. Pero a pesar de la ansiosa distracción en que
aquel espectáculo los mantenía, ni uno ni otro dejaban de sentir sobre
ellos, como se siente el fuego de un rayo de sol sobre el rostro, el
reflejo autoritario de los ojos paternos, que los requería a estar
atentos a lo que hablaban sus mayores.
Más osado que el primogénito, el menor de los chicos extendió con
disimulo una mano hacia un canastillo de fresas, primicia de la
estación, que, entrelazadas con flores, lo fascinaban con su rosada
frescura.
–Javier, no toques las frutillas, hijito –le ordenó, desde la opuesta extremidad, la voz de la madre, con dulzura.
–Si vuelves a desmandarte, no irás esta tarde a la Cañada –amenazó la voz del padre, con severidad.
Javier bajó la frente, fingiendo contricción, pero sus ojuelos pardos
formulaban al mismo tiempo la protesta muda de su altiva voluntad.
–Ya ves que Guillén se está quieto –agregó la madre, para suavizar la aspereza de la conminación paternal.
Con el elogio de la madre, un vivo tinte de carmín coloreó el rostro
del mayor de los niños. El, más bien que su hermano, parecía el
delincuente. La mirada de sus grandes ojos azules daba a su fisonomía la
seriedad casi tímida de los precoces soñadores.
Una voz de los grandes invocó indulgencia para Javier:
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