Invitado por los alegres amigos a comer las uvas y festejar la
entrada del año joven en un hotel de los de moda y lujo, allá me fui a
las diez de la noche, de frac y gardenia en el ojal, como buen mundano.
La mesa, reservada desde cuatro o cinco días antes (andaban
solicitadísimas), lucía, un centro de grandes y desflecados crisantemos
amarillos. El anfitrión, Gerardo Martí, opulento banquero, debía de
estar nervioso, porque ante los crisantemos se puso como un grifo,
alegando que le recordaban el cementerio y las adornadas sepulturas, y
que esa flor de muertos no debe figurar en banquete alguno. Yo pensaba
como él; pero, de esas rarezas que hay, se me antojó llevarle la
contraria y declarar que los crisantemos «daban una nota de color»
preciosa. Martí, naturalmente colérico, contestó entre dientes un
refunfuño desagradable, envuelto en forzada sonrisa. Ya con esto la
bisque me cayó mal. Todo el mundo estaba cohibido y faltaba expansión.
Por renegar de algo y de alguien, Martí comenzó a decir pestes del
año que concluía. ¡Año fatal, funesto, de hambre y miseria, de guerra
con careta de paz, de malestar universal, de epidemias obscuras y
traidoras, de ruina de haciendas y de crímenes sin castigo! ¡Año que
debiera borrarse de la Historia! La voz irónica de Angelito Comején,
siempre guasón, se alzó murmurando:
—Sí, año fatal... Y también de bonitos dividendos, ¿no, amigo Martí?
El hombre de banca se contrajo, porque era directo y acertado el
golpe. Renegaba del año ya expirante; pero se guardaba de decir cómo
había crecido en él su fortuna, cual espuma en batida chocolatera, a
favor de las mismas calamidades que lamentaba. Se volvió hacia Angelito,
como si le hubiesen pisado, y gruñó:
—Veo que recogen ustedes las paparruchas del vulgo... ¡Si estaré cansado de oír...!
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