—No lo dude usted —declaró el médico, afirmándose las gafas con el
pulgar y el anular de la abierta mano izquierda—. He realizado una
curación sobrenatural, milagrosa, digna de la piscina de Lourdes. He
salvado a un hombre que se moría por instantes, sin recetas, ni
píldoras, ni directorio, ni método... sin más que ofrecerle una dosis
del licor verde que llaman esperanza... y proponerle un acertijo...
—¿Higiénico?
—¡Botánico!
—¿Y quién era el enfermo?
—El desahuciado, dirá usted; Norberto Quiñones.
—¡Norberto Quiñones! Ahora sí que admiro su habilidad, doctor, y le
tengo, más que por médico, por taumaturgo. Ese muchacho, que había
nacido robusto y fuerte, al llegar a la juventud se encenagó en vicios y
se precipitó a mil enormes disparates, apuestas locas y brutales
regodeos: tal se puso, que la última vez que le vi en sociedad no le
conocía: creí que me hablaba un espectro, un alma del otro mundo.
—El mismo efecto me produjo a mí —repuso el doctor—. Difícilmente se
hallará demacración semejante ni ruina fisiológica más total. Ya sabe
usted que Norberto, rico y refinado, vivía en un piso coquetón, muy
acolchadito y lleno de baratijas; su cama, que era de esas antiguas,
salomónicas y con bronces, la revestían paños bordados del Renacimiento,
plata y raso carmesí. Pues le juro a usted que en la tal cama, sobre el
fondo rojo del brocado, Norberto era la propia imagen de la muerte: un
difunto amarillo, con tez de cera y ojos de cristal. Para acentuar el
contraste, a su cabecera estaba la vida, representada por una mujer
mórbida, ojinegra, de cutis de raso moreno, de boca de granada partida,
de lozanísima frescura y alarmante languidez mimosa: la enfermera que
manda el diablo a sus favoritos para que les disponga según conviene el
cuerpo y el alma.
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